15/6/18

CRÓNICA NEGRA MIERENSE: Asesinato por una herencia (1932)

Frío domingo, día 10 de enero de 1932. Cándido Migoya Valdés, vecino de Gallegos, vuelve a su casa tras pasar el día en Mieres. Regresa contento, tras vender una vaca en el mercado dominical de ganados que en aquel entonces se celebraba en Requejo. 
Decide, antes de subir a Gallegos, hacer una parada en Cenera, entrando al bar de José Prieto a tomar algo. Es de tarde. Allí pasa unas tres horas, desde las ocho de la tarde hasta las once de la noche, según recoge la prensa de aquel entonces. Tras ello se despidió de los allí presentes y salió dirección a su casa.
Los hechos, en La voz de Asturias
Cenera y Gallegos se encuentran separados por unos dos kilómetros, unidos en la actualidad por una empinada carretera que en aquella época era poco más que un camino. En una de los tramos más pronunciados, conocido como la Cuesta de Santana, el silencio de la noche se vio roto por un disparo.
Su cadáver, con un tiro en la cabeza, fue encontrado a la mañana siguiente. Cerca de él, el revólver con el que lo habían matado. En el registro de sus pertenencias solo se encontró una peseta y veinte céntimos. Fue su mujer la que comentó a los agentes que se desplazaron al lugar de los hechos que su marido venía de Mieres de vender una vaca. El robo fue considerado desde el primer momento el móvil del crimen.
La investigación siguió su curso y horas más tarde era detenido Máximo García, el suegro de la víctima, después de que se encontrasen manchas de sangre en sus madreñas y en ropa que tenía en casa. Como el fallecido, Máximo también vivía en Gallegos.
Al parecer, suegro y yerno nunca se habían llevado especialmente bien. La tensión entre ambos había crecido en las últimas semanas después de que Cándido recibiese una pequeña herencia que Máximo creía que iba a ser para él.
Conocedor de que su yerno había bajado a Mieres a vender una vaca, decidió esperar a que subiera de nuevo a Gallegos, en un punto intermedio en el trayecto entre Cenera y esa localidad, lo suficientemente alejado de ambos pueblos para que nadie escuchase nada. Se amparó en la noche para perpetrar su crimen y robar casi todo lo que traía su yerno. No puso cuidado, sin embargo, en llevarse el arma homicida del lugar de los hechos ni en deshacerse de las madreñas y la ropa que llevaba aquella fatídica noche que acabaron por delatarlo.
Cándido era labrador y tenía, según algunas informaciones 32 años; según otras, 28. Estaba casado y dejó tres hijos.


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