Hace unos días leí en la prensa que se van a mejorar las conexiones a internet de los pueblos y no sé qué sistemas que a los que nacimos antes de la Constitución nos quedan un poco grandes para explicar. Un par de días después me topo con otro reportaje, esta vez en otro diario, en el que la Agrupación Vecinal de Mieres tilda de "preocupante" la situación de los pueblos. Y no, no se refieren a lo mal que va el internet o el móvil, sino a una "total despoblación", en palabras del presidente del colectivo, Arsenio Díaz Marentes.
Creo que esas palabras del presidente de la Agrupación Vecinal definen muy bien lo que está pasando con nuestros pueblos. En el reportaje, Díaz Marentes proponía bonificaciones fiscales, ayudas y subvenciones para nuevos proyectos que permitan "regenerar aquellos lugares que se consideren rentables para la instalación de sus explotaciones". Enumeraba, al respecto, el turismo rural, la riqueza etnográfica o el potencial agrario que todavía tienen los pueblos del concejo. El reportaje terminaba con unas declaraciones del presidente de la asociación de vecinos de La Rebollá, con 17 habitantes censados, que recordaba los gloriosos años de Fábrica de Mieres a los pies del pueblo.
¿Por qué nuestros pueblos se quedaron vacíos? Creo que a estas alturas puedo prescindir de la explicación demográfico-industrial que seguramente habrán escuchado cientos de veces y que se completa siempre con esos cuatro términos que tanto gustan últimamente, "envejecimiento de la población". Conviene, más bien, centrarse en ver qué falló para que nuestros pueblos se quedasen vacíos. En relación a ello, hace más de veinte años defendí en una tertulia informal en la que estaba el entonces alcalde, Misael Fernández Porrón, que los grandes proyectos sustentados con dinero público eran como jugar al todo o nada. Aquello podía salir bien, como podía salir mal y al final, salió mal. Se podrían enumerar los proyectos fallidos que trataron de revitalizar la zona rural, desde grandes sectores como la industria (basta darse una vuelta por La Cuadriella), hasta otros más pequeños como el turismo o la hostelería, con palacios reconvertidos en hoteles que acabaron echando el cierre o casas de pueblo que se convirtieron en casas rurales y que fueron por el mismo camino.
Por aquel entonces, hablo del 2000 o 2001, defendí que salvar los pueblos implicaba tirar de aquellos que todavía vivían allí, con pequeños grandes gestos como mejoras de servicios como el alcantarillado o la carretera; una óptima cobertura de móvil, televisión (e internet, añadí con los años); algún beneficio fiscal no solo para los interesados en establecerse, sino también para los ya establecidos; un impulso turístico en condiciones de espacios como el Paisaje Protegido del Valle de Turón… Pequeños detalles que ayudaran a retener población y atraer a más gente. Casi veinte años después pueblos como Cenera, que está a tres kilómetros de Mieres, siguen sin cobertura a internet o la que tienen es nefasta y en los pueblos se ha sufrido, y mucho, los efectos de una revisión catastral y de una serie de ajustes fiscales que no animan a quedarse. Del turismo, ya ni hablo, porque hay mierenses que en su vida han escuchado nada del Paisaje Protegido del Valle de Turón, pese a estar a veinte minutos en coche.
Se pensó en grande, muy a lo grande, demasiado, y lo pequeño se pasó por alto. No sé cuidó ni se potenció lo que ya había. La sensación de muchos que viven en los pueblos es que están abandonados, y lo están. Después de que los grandes proyectos fallaron y la cosa comenzó a ponerse seria, se prefirió mirar a la ciudad, que también estaba sufriendo. La sangría siguió en los pueblos, y para seguir. No se puede animar a nadie a invertir y poner una empresa de cualquier sector si no va a tener cobertura o va a tener que ir a saber dónde. Reconstruyamos, sí, pero desde abajo, mejorando lo que ya hay, si de verdad se quiere dar una nueva vida a los pueblos.
ELCARABA


Comentarios