ÁLVAREZ OPINA: El salto a la vía en Ujo o cómo jugársela por ahorrar unos minutos

Un café pendiente desde hace algún tiempo me llevó el otro día hasta Ujo. Dado que soy usuaria del abono gratuito de Renfe, decidí ir hasta allí en tren, en apenas cinco minutos desde Mieres. Una vez allí nos bajamos seis personas y se produjo una situación muy particular, que inspiró este artículo.


Puede que antes de aquel día hubiera cogido el tren en Ujo dos o tres veces en los últimos diez años. Siempre entrando o saliendo por la plaza de la iglesia, a través de la pasarela que construyó el Adif en el 2006 o 2007. Esta última vez me llamó la atención que las cinco personas que se bajaron en Ujo esperasen sobre el andén la marcha del tren. Era extraño que nadie caminase dirección a la pasarela, unos ciento y pico metros más allá de donde para el Cercanías. Lo entendí cuando el tren reanudó su marcha y vi a aquellos cinco, dos jóvenes de veintipocos, una mujer de unos cincuenta, un hombre sobre los sesenta y un niño, que no sé a quien acompañaba, saltar, literalmente, del andén a las vías, cruzarlas, saltar un muro abierto justo enfrente y entrar en Ujo por el economato.


“Es peligroso pero aquí lo hace muchísima gente, porque si vives en La Vega o en las colominas, incluso en los cuarteles, te ahorras de ir a la pasarela, subir las escaleras, bajarlas o esperar al ascensor, y luego volver para atrás desde la plaza”, me explicaba la persona con la que había quedado, natural de Ujo y conocedora de este paso no regulado.
Entiendo que el ahorro de tiempo pueda ser considerable, pero no debería ser un motivo para jugarse la integridad física o, en el peor de los casos, la vida. Mientras esperaba el tren de vuelta observaba que el andén tiene una altura superior al medio metro respecto a las vías. Es lo ideal para retorcer un pie y tener un esguince durante cuatro o seis semanas o romper una pierna y tirar unas cuantas más. Las piedras de las vías también se muestran favorables para acabar con una lesión, por no hablar del muro, más pequeño, que hay que subir al otro lado, antes de llegar al economato. Como es lógico, al tratarse de un paso no regulado, no hay ninguna señalización que advierta de la llegada de un tren, en un tramo con una ligera curvatura, poco antes de entrar en la estación. Entiendo que después de estar unas cuantas horas fuera de casa apetezca llegar pronto, pero no sé hasta qué grado compense hacer estas cosas. Quizás peco de prudente o aprecio mucho mi integridad, pero yo no lo haría.
“Me quiere sonar que se pidió un paso al Adif como el que hay en Santullano o en Ablaña, con el andén rebajado y una especie de láminas acolchadas para facilitar el paso por encima de las vías, pero claro, después de lo que se luchó por la pasarela y lo que costó, no deben de tener mucho interés en invertir más aquí”, me aseguraba esta persona con la que estuve tomando el café. Imagino que influirá también el hecho de que si llega a ocurrir algo la responsabilidad es del usuario, por llevar a cabo algo prohibido por numerosos carteles dispuestos sobre los andenes y en los muros que dan a las vías, eso de “prohibido cruzar las vías por lugares no autorizados”.
A veces la sensatez y lo práctico, por llamarlo de alguna manera, chocan, y este es un ejemplo de ello. Aunque a muchos les gane lo práctico, sigo defendiendo que debería primar la sensatez. Se puede saltar del andén a las vías cien veces sin que pase nada y que a la ciento una se retuerza un pie, se rompa una pierna o, no hay que olvidarlo, llegue un Alvia sin parada a toda velocidad. Sensatez, por favor.
Álvarez

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