HISTORIAS DE NUESTRA HISTORIA: Víctor Alperi, el pregonero de San Xuan 1994

Hace exactamente tres décadas, San Xuan 1994 contó con un pregonero de excepción: Víctor Alperi. El escritor ofrecía un pregón lleno de lirismo, recuerdos y etnografía. En aquel entonces, Alperi vivía en Gijón y le faltaban apenas unos días para cumplir 64 años. Su pregón, que rescatamos íntegro, da buena cuenta del pasado del concejo y de las preocupaciones que se tenían de cara al futuro, un futuro que ya es el presente.


“Es misión de todo pregonero y, en primer lugar, desear felicidad y alegría para todos. Y en estos momentos yo pido al señor san Juan que, una vez más, nos bautice con el agua que mana de su concha, en el amor, en la esperanza, en la buena amistad y en los mejores deseos de paz y de prosperidad.
Yo he sido, para el municipio de Mieres, como una vieja compañía de teatro que va de pueblo en pueblo representando una obra para después, en el otoño, cuando comienza la temporada artística, estrenar en la capital. La vieja compañía quiere tener la seguridad de que gusta al público, la obra que piensa poner en cartel, y durante muchos mees, en la gran ciudad.
Y así, para pulsar mis cuerdas de pregonero, de cantor de las bellezas de la amada Mieres, he subido dos veces, con mis bártulos y tramoyas, a los Mártires de Valdecuna, y he murmurado a los santinos Cosme y Damián, que los mierenses los quieren y que esperan mucho de su protección; también he peregrinado, allá por los años sesenta, y de la mano de Manolito Baquero, al Cristo de la Paz en el sacrificado valle de Turón; y me he postrado, con mi pregón y mis oraciones, ante el Santísimo Cristo de la Misericordia, de La Peña, para hablarle, como un vecino más, de los trescientos años de su capilla-santuario.
Vecino de un ayer no muy lejano, y vecino siempre, pues mi corazón y mi sentimientos descansan en el valle umbrío, por donde pasa el río Miñera y en la ladera del monte Garabinos, donde está la Casa del Miedo que tantas y tantas veces he puesto en mis escritos.
Ahora, en la capital, estoy con vosotros para recitar, con voz cansada pero enamorada, la obra de este pregón que tiene, cosa lógica, un título: “Oración a Nuestra Madre Mieres”.
Los pregones al señor san Juan, en los últimos años, son algo distintos a un sencillo canto a las fiestas, una invitación a unos días lúdicos, dejando en el olvido, en el desván de la memoria, los problemas económicos y sociales que, una vez más, padece Mieres.
Y ahora tenemos que recordar y hacer planes para un futuro, incluso desde las fiestas, incluso desde esta pequeña tribuna donde hablo, y donde quiero declarar todo mi cariño por mi valle, por mi cuna, como puse al frente de una novela hace muchos años.
Siempre he visto a nuestra queridísima Mieres como a una madre que alarga sus brazos para recoger al hijo que corre perdido por el mundo; he visto y he sentido a Miere como un regazo maternal y cálido, como un puerto seguro para el navegante sin brújula en noche cerrada y tormentosa.
Pero también la he visto como a una madre sufridora y callada que ama a sus hijos en silencio y que desea para ellos lo mejor; y en sueños de poeta la he comparado con una hermosa mujer desposada con el padre Caudal, y los dos juntos formando una huerta fertilísima que alimenta, generación tras generación, a todos los que viven allí.
Así es. Mieres pudo realizarse desde la entrega y ser la casa grande, el granero y el sustento, de mineros y metalúrgicos, de comerciantes y viajante, de administrativos y de todos los que practican alguna profesión liberal., Ha sido una madre espléndida y agradecida al mismo tiempo; una madre que todo lo ha dado por el bien de sus hijos y, que ahora, en estos momentos, nos parece que es una anciana empobrecida y dudosa.
Pero no es así; quiero creer que no es así, y mucho menos en estos momentos concretos, cuando tengo que hablar, cantar y recitar una pieza de alegría para las fiestas tradicionales. Un lugar como Mieres, ejemplar siempre para el trabajo y para la cultura, no puede desfallecer.
Aquí se respira fortaleza e inteligencia en sus hombres, belleza y sensibilidad en sus mujeres. Mieres, desde hace muchos años, muchos, es conocida y reconocida por el trabajo de sus hombres y por la belleza de sus mujeres que han marcado toda una época, Carmen la Mecánica, la Guapina, Carmen Vigil, la sobrina de la Melona; incluso los apodos en nuestra tierra tienen galanura y donaire.
Yo le pregunto al señor san Juan: ¿quién es esa rosaladina que por las noches busca claveles desde el Cristu de La Peña hasta la villa de Mieres? Es casi seguro que la respuesta ya la conocemos: esa rosaladina y esos claveles son metáforas luminosas del poeta, y que todas las mujeres de Mieres son Rosaladinas como claveles; y son hermosas en el camino que conduce al Cristu de La Peña y al de Turón, y a Cenera, a Gallegos, a Urbiés, a Loredo, a La Pereda, a El Padrún, a La Rebolada, a Ablaña, a Brañanoveles, a Tablao… ¡En fin! A todos los pueblos y aldeas del frondoso municipio.
La noche en la cual la mocina buscaba los claveles, tenía que ser al final de la primavera, cuando el verano, siempre tímido en Asturias, apunta en las noches de San Juan y es recibido con alegría y fogueras; los claveles de la rosaladina eran sin duda los fuegos que invitaban a las fiesta en La Pasera, al lado mismo de la vieja iglesia parroquial, en la plazuela sobre el río, y cerca de la casa donde nació Teodoro Cuesta.
Las fiestas parroquiales de Mieres se fueron desplzando de un lugar a otro de la villa, según crecía la urbe y la vega desaparecía bajo el hormigón de las casas, y más tarde, en Los Llerones, con el famoso lavadero de carbón, tan comentado, tan censurado y solar, acaso, para un futuro campus universitario.
Muchas cosas se han modificado, pero muy pocas han cambiado totalmente; la sagrada fuente de Aguaín no dejó de manar y sus aguas, unidas al rito sanjuanero, tienen propiedades casi milagrosas; la gente sencilla, por lo menos, creía en ellas.
Y todos tenemos que ser sencillos delante de los misterios de la naturaleza y beber esas aguas en estos días mágicos de las fiestas y de los recuerdos; delante de un vaso de agua de esa fuente podemos dejar que los recuerdos regresen, en barco encantado, en una pequeña nave que flotará dentro del agua y que, poco a poco, llegará a dominar todos nuestros sentidos para introducirnos en la belleza de las cosas pasadas, en los nombres evocadores, en las personas que ya no están con nosotros, pero que palpitan en mil detalles que tenemos al lado; aquí mismo, en este viejo y remozado edificio de la Escuela de Capataces, se configuró un capítulo importante de la historia mierense; los capataces de minas representaron mucho para nuestra economía, y frente a la escuela el café Carolina, rompeolas de los comentarios locales, mentidero de la villa, estuche de tantas y tantas historias, unas de oro, otras de oropel; y el Tambar, el Palau, Casa Urbano, bar Madrid, Casa Tornillos, Casa el Llobu, Casa Lebrel, el Lagarón, y una lista de viejos cafés, como el América, que ahora es sidrería, de bares, de chigres donde se hacía parte de nuestra historia.
Los ateneos obreros del pasado, el Liceo, la Academia Lastra, los institutos actuales; todo ello representa la parte cultural de nuestra villa, que ha sido fundamental para definir el ser y el sentir del mierense; persona buena, noble, trabajadora por encima de todo, amante de las buenas maneras, de la canción, el Coro Minero…
Un largo historial de cultura y de arte que configuraron a Mieres como una ciudad muy digna en el plano espiritual; pero un lugar con gentes de corazón, que conocen la justicia desde la infancia, y que lucharon por ella y continúan en la brecha, sin desmayar, sin descanso; vigías esperanzadoras de un mundo mejor que también parece llegar en un barco de plata, en una nave que flota en el vaso que se llenó en la fuente de Aguaín.
En el libro interminable del trabajo del hombre sobre la Tierra, en una de sus páginas más luminosas, aparece el nombre de Mieres escrito con letras de oro.
Es el trabajo lo que define nuestra comunidad, y, cuando el trabajo falta, Mieres se siente desamparado, huérfano de madre y de padre; el río Caudal, cuando bajaban sus aguas negras, ponía una seguridad en todo el valle, en todo el municipio, en toda Asturias; ahora, cuando comienzan a saltar de nuevo las truchas entre sus piedras ¿qué mensaje de padre nos dice la amplia vena fluvial? ¿qué siente nuestra Madre Mieres en los días actuales? Podemos salir a la calle y preguntar a las gentes, podemos bucear en nuestros corazones, podemos reflexionar profundamente sobre el futuro de los hijos de Mieres. Sí, podemos hacer muchas cosas, y será necesario que esas cosas salgan bien para que Mieres no deje nunca de ser centro de trabajo, foco de cultura, lugar de fiesta y de alegría.
Pero mis palabras son las de un pregonero, no las de un profeta o las de un economista-filósofo, en estos momentos. Amigos mierenses me decían que hablase y hablase, que siempre agradecerían mis recuerdos, mis frases líricas sobre el ayer y el hoy de la villa, del municipio todo. Pero las frases literarias, los recuerdos, los personajes que se fueron y perduran en nuestras pequeñas historias, son factores propicios para una novela y no para un pregón.
¿Cómo puedo condensar, en unas sencillas cuartillas, toda la grandeza de nuestra tierra? Es cosa imposible de cuajar en una novela amplia, y es algo más que imposible de decir ahora, para vosotros.
Las palabras se queda cortas, el tiempo escaso, y Mieres es mucho Mieres con mayúscula. Sus altos montes, Seana, Gua, Pico de las Nieves –que tiene otro nombre lo sé, pero que para mí siempre se llamará de las Nieves– otros muchos que abrazan los valles fecundos, son parajes novelescos, de leyenda, propicios para crónicas de dulces amores o de trágicos desenlaces; los pueblos, las aldeas que salpican todo el verdor intenso, imposible, como El Hortigal, Cantu La Cruz, Canto Redondu, Cutiellos, La Cerezal, El Cantiquín, Santa Rosa, San Tirso, Carabanzo…. Nombres tan míticos como la noche de San Juan, cuando se recoge la flor del agua, cuando se baila la Danza Prima.
Con ella, con la Danza, entramos en la gran hoguera del misterio que nos llega, acaso, de los celtas; esa danza que tanto admiró a don Ramón Menéndez Pidal cuando trabajaba en su Flor nueva de romances viejos:
¡Ay!, un galán de eta villa,
¡ay!, un galán de esta casa,
¡ay!, diga lo que él quería,
¡ay!, diga lo que él buscaba,
¡ay!, busco la blanca niña,
¡ay!, busco la niña blanca.
Ahora es un mozo el que está buscando, y seguramente que en la noche, como la rosaladina que llegaba de La Peña. Es todo muy curioso, un poco raro que las dos canciones populares, las más famosas de todo el contorno, hablen de buscar; la moza va en pos de la hoguera, el mozo a la banca niña que se encamina a la fuente, a por la flor del agua. ¿Podemos nosotros, con nuestros sentimientos más afilados, llegar a tanta belleza? Estas canciones son resumidoras de los hombres y de las mujeres de Mieres, que buscan poesía, amor, locuras y pasiones juveniles en las cálidas noches del verano que llega, como el galán, a las puertas de la villa, a las aguas de las fuentes, a las clavellinas silvestres que despiden su aroma suave al atardecer y en la noche.
Sí, de los corimbos de los clavelitos silvestres, cuando muere el día, sale un delicioso aroma que llena todo el aire; es un perfume adormecedor, que nos obliga a repetir, como embriagados, la letanía a Nuestra Madre Mieres, pues ella es madre de alegría y de trabajo, madre de resignación, de fortaleza, de lucha social, de esperanza, de salvación, de todo lo bello y grande que guarda el corazón del hombre.
En estos momentos, cuando vamos a remontar un milenio, tenemos que invocar al pasado para saber algo del futuro, abrazarnos a los recuerdos más fuerte que nunca y esperar, con todas nuestras fuerzas, el cariño de nuestra madre, de nuestra tierra. Puestos de vigías, en nuestras torres más altas, Polio, Montera de las Nieves, escudriñar el horizonte, para saber lo que pasa más allá de nuestra cuna, de nuestro valle, de nuestra casa materna; no quedar agazapados al lado de las fuentes, buscar nuevos caminos, como la moza de La Peña, como el galán de la Danza Prima. Buscar significa sabiduría, inquietud, pues al final de esas búsquedas puede residir la verdad y la respuesta a las preguntas que ahora nos hacemos: ¿Qué pasará con los jóvenes de Mieres, de Asturias toda, el día de mañana? ¿Qué economía, qué invento, qué riqueza llegará de nuevo a este solar de trabajo y dignidad?
Pero ya estoy en lo mismo, en el pecado del pesimismo, de los falsos vaticinios. No puede ser; he llegado a Mieres, desde mi destierro de Gijón, para un pregón de fiesta, para una charla alegre, para regalaros a todos vosotros con la pegarata que cuelga en el ramu de la procesión. Estoy aquí, como decía al principio, en la tramoya del viejo teatro, para representar una pieza oratoria muy concreta, dejando a un lado los cantos de sirena que nos pueden susurrar al oído los políticos o los economistas.
Nada más lejos de mi intención; con mi tramoya he llegado, con mis bártulos me voy, y si a público he gustado me pueden pagar con un aplauso, con una sencilla oración”.


Víctor Alperi falleció en Gijón el 22 de octubre de 2013. Pocos meses después de su muerte, el Ayuntamiento adquirió a sus herederos su biblioteca familiar, hoy custodiada por la Red de Bibliotecas Públicas de Mieres.

Fotografías:
·Víctor Alperi, de joven, en su casa de La Peña, extraída de 
Mieres, sinfonía de los valles, Víctor Alperi (KRK, 2009)
·Placa en recuerdo de Víctor Alperi 
en la antigua estación de El Vasco (propia)

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