En enero de 2015, los vecinos de Cortina de Figaredo veían cómo se venía abajo la antigua casona de los García Bernaldo de Quirós, conocida también como casona de San Clemente. Fue un derrumbe parcial que dio lugar a un derribo total para evitar males mayores, dada la ubicación de la antigua casona, en el acceso principal al pueblo.
La casona estaba catalogada y, por ello, contaba con una protección especial que no hubo el más mínimo interés en darle. Con una parte construida en el siglo XVI y diversos añadidos que databan de los siglos XVII y XVIII, la casona se convirtió en escombros, para lamento de historiadores, amantes de la etnografía asturiana y de los propios vecinos. Recuerdo que unos meses después de aquello, un día que caminaba por la senda, decidí entrar a ver cómo había quedado el lugar, una parcela de notables dimensiones muy bien situada y de titularidad privada. No había más que escombros y una valla rodeando el perímetro. Recuerdo también haber hablado con dos vecinos que estaban por allí y que tenían la esperanza de que obligasen a los dueños de la parcela, una conocida familia, a limpiarla, para dar una mejor imagen al pueblo. "Ya me dirás tú qué pinta todo esto ahí, na más llegar", me decía uno de ellos. Había esperanzas de que se cediese el solar al Ayuntamiento o de que este lo comprase, para hacer algo que resultase provechoso para el pueblo y barjaban distintas opciones, desde un aparcamiento a un pequeño parque, con bancos, aparatos de gimnasia... "La dejaron caer y aunque sea una pena, ya no sirve lamentase, ahora lo que tenemos que facer ye intentar topar algo bueno en esto", me decía el otro vecino.
Más de cinco años después, el pasado mes de septiembre, volví a entrar a Cortina de Figaredo para ver cómo estaba aquello y tuve un déjà vu. Todo estaba igual a como estaba en 2015. Bueno, por decir que ha crecido maleza en la parcela, pero el resto, exactamente igual. Allí siguen los escombros de la vieja casona, sepultados por una maraña de ortigas y demás plantas silvestres. Me acordé de aquellos dos vecinos y de sus planes de futuro para aquella parcela.
¿Qué pensarán ahora que ya no tienen un montón de escombros a la entrada del pueblo, sino una bardia sobre un montón de escombros? La casa se vino abajo y abajo se quedó, literalmente. Desconozco qué situación legal opera sobre bienes como este, que estaba catalogado, a la hora de retirar escombros y si, catalogación aparte, el Ayuntamiento puede obligar a un particular a limpiar una parcela que perdujica a un pueblo ya no solo estéticamente, sino también en materia de salubridad, que a saber la fauna que habrá metida por entre los escombros, bajo la bardia. Quiero pensar que algo se podrá hacer, no sé, aunque puede que aún no se hayan enterado de que la casa ya no existe, porque en la página web del Consistorio, remodelada no hace mucho, sigue apareciendo, y se indica que es visitable en su exterior.
Se mire por donde se mire, es una pena, porque el resto de Cortina está precioso, digno de ser visitado, con un lavadero muy cuidado, la capilla que está impoluta, todas las calles señalizadas… Da gusto pasear por este pueblo. Ojalá la próxima vez que dé una vuelta por Cortina –espero que no tengan que pasar otros cinco años– haya algún avance en el asunto del que aquí me he ocupado y que al entrar no sea una bardia la que me dé la bienvenida al pueblo.
Álvarez



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