Nunca se me olvidarán los recelos que algunos mostramos hace tres décadas a la famosa reconversión minera. El más sabio fue alguien que ya no está con nosotros. Prudente y meditativo, aquel gran hombre insistía en que había que celebrar cuando pasasen unos cuantos años y todo estuviese asentado. Lo contrario era pecar de imprudentes.
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| Interior de la nave de la antigua Urueña (Fotocasa) |
Y pecamos. Creímos en una reconversión impulsada por grandes empresas que, salvo muy contadas excepciones, acabaron por hundirse, llevándose con ellas subvenciones millonarias, parcelas con un potencial enorme para cualesquiera otros usos y un halo de desesperanza, la que sentimos quienes vimos, impotentes, que aquello no era lo que se nos había vendido. Escribo estas líneas tras leer en la prensa que una de las pocas grandes empresas de la reconversión que aún subsisten planea despedir a dieciséis empleados. Es el nuevo paso en una larga lista de expedientes de regulación de empleo, paros de producción y un concurso de acreedores del que milagrosamente pudieron salir. Digo milagrosamente, porque es el único caso de concurso de acreedores millonario que no acabó en liquidación, como sí lo hicieron, antes y después, decenas de concursos de acreedores con los que las grandes empresas anunciaban que las cosas no les iban bien y que lo más probable era que en cuestión de meses de ellas no quedase nada más allá que una nave o un edificio abandonado.
Yo fui de los que defendió la reconversión y de los pocos que creí que las mismas oportunidades que se daban al pez gordo había que dárselas al pequeño. Hace casi treinta años, mientras grandes multinacionales de fuera recibían millones a fondo perdido para asentarse en nuestro concejo, muchos particulares de aquí tenían que pedir préstamos y, en algunas ocasiones, hipotecar su escaso patrimonio, para poner en marcha un negocio como un kiosco o un bar, dos casos que conozco bastante bien. Mientras que las multinacionales terminaron como terminaron, el del kiosco y el del bar siguen al pie del cañón, sorteando crisis, uno con una empleada y el otro, con dos.
Soy consciente de que no sirve de nada quejarse a estas alturas y de que, por ver algo positivo, esto tiene que servir como ejemplo de lo que no se debe de hacer. Quizás por eso, de vez en cuando, me animo a recordarlo, especialmente cuando salen noticias como a de esos dieciséis despidos. La reconversión de los 90 no solo no solo no nos reconvirtió, sino que nos dio una estocada importante, a nosotros, que ya estábamos mal. Sería interesante que alguien, algún día, estudie la proporción entre el empleo creado en los 90 por las grandes empresas de la reconversión y el que, años después, ellas mismas destruyeron, directa e indirectamente. Sería aún más redondo si se completase con un estudio demográfico que revele cuánta población en edad laboral se marchó del concejo tras alguno de estos muchos batacazos empresariales. Ojalá algún día todo esto se estudie como es debido y no suceda como con la exigencia de responsabilidades a quienes tomaron decisiones y permitieron, directa o indirectamente, que lo que iba a servir para solucionar una crisis acabase agravándola. El remedio fue, en muchos casos, peor que la enfermedad.
ELCARABA



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