PEQUEÑAS SEMBLANZAS DE GRANDES MIERENSES: Jaime Aguínaco Tourville

El pasado industrial de Mieres no puede entenderse sin un apellido que fue clave en su desarrollo, un apellido de origen vizcaíno que dio nombre a una de las industrias más potentes del Mieres del siglo XX: Aguínaco.


Jaime Aguínaco Tourville nació en Turón en 1900. Hijo de padre vizcaíno y madre guipuzcoana, tanto él como sus cinco hermanos vinieron al mundo en Turón. Su padre, alto directivo de Hulleras de Turón, le inculcó la curiosidad por lo industrial. Así, tras estudiar pensionado en el colegio Nuestra Señora, de Pola de Lena, a los once años fue enviado a Tapia de Casariego para estudiar Peritaje de Comercio. Ya en Tapia demostró su ingenio como fabricante de tintas y gomas que vendía a sus compañeros.
Convertido en perito de comercio, volvió a Turón y trabajó en distintos talleres. Tras una etapa como aprendiz de dentista en Mieres, se fue a la mili a Tetuán en 1921. A su vuelta a Mieres, en 1924, se propuso estudiar Minas y se topó con un suculento negocio: se traspasaba un gigantesco local


en la antigua calle Camposagrado, que Jaime adquirió y en el que llevó a cabo desguaces de barcos, puentes y diversas estructuras metálicas. En 1940 se decidió a ampliar el negocio a la fundición, con un cubilete y nuevas instalaciones. Nacía así Talleres Aguínaco, con veinte empleados, que una década más tarde serían más de doscientos, gracias al crecimiento de la empresa, que en 1950 ya contaba con horno eléctrico. Asimismo, Aguínaco daba trabajo a otros muchos pequeños talleres, a los que subcontrataba la producción, casi siempre por necesidades eventuales.
La empresa contó con su propio economato y una larga lista de hitos, desde los depósitos de El Musel a las membranas de la cubierta del aeropuerto del Prat de Llobregat, pasando por la estructura del puente de La Salve, en Bilbao, o la fábrica de azúcar en Jédula (Cádiz).
Tras años de trabajo, Jaime Aguínaco se jubiló en 1965 y trasladó su residencia a Gijón. Allí vivió sus últimos años de vida, acompañado de su segunda esposa, María Dolores Rodríguez, y de sus dos hijas, María Luisa y María del Carmen. La neblina se apoderó de la vista de este industrial, que tuvo un severo desprendimiento de retina unos meses antes de fallecer el 31 de julio de 1975.
"El hombre no vive solo del carbón [….] Existen mil obras que hacer, múltiples cosas que fabricar", explicaba en una última entrevista concedida a Luis Fernández Cabeza en abril de 1975, tres meses antes de su muerte, cuando Fernández Cabeza la preguntaba por la desindustrialización y el futuro del concejo. Talleres Aguínaco no fue la excepción a aquel proceso, con el cierre en 1980 y la continuidad que marcaron los propios trabajadores en 1981, con una sociedad laboral, que dio en llamarse Aleaciones Especiales Mieres, adquirida con posterioridad por Triman Minerals. El concurso de acreedores y la posterior liquidación de Triman en 2018 acabaron con cualquier vestigio de los antiguos Talleres Aguínaco.

Ilustran esta entrada una fotografía de Jaime Aguínaco publicada en su entrevista de abril de 1975 a Luis Fernández Cabeza en La Nueva España; una vista de sus talleres en La Mayacina, y su esquela, publicada en el diario referido anteriormente.

Comentarios