Reflexiono esta semana sobre una cosa
que nunca dejará de llamarme la atención, pese a las veces que me ha pasado a
lo largo de los últimos años.
Todos tenemos un nombre. En realidad,
todas las cosas lo tienen. Sin embargo los ordenadores no llevan escrito en sus
pantallas “ordenador” ni las camas traen en sus cabeceras “cama”. No lo traen
porque sabemos cómo se llaman, son cosas que usamos habitualmente.
Los lugares también tienen nombre. Y
con lugares me refiero a pueblos, aldeas, caseríos… Es triste, pero a mí me ha
pasado como cincuenta veces en el tiempo en el que lleva funcionando esta
página, el llegar a un pueblo y no saber su nombre. No lo sé porque no lo
conozco, y no lo sé porque tampoco nadie hace nada por dar a conocer el nombre
del pueblo en cuestión.
¿Cómo es posible que en aquel tiempo
pasado, caracterizado por gastar dinero en cualquier cosa, nadie pensase en
gastar un poco en hacer algo tan sencillo como poner un letrero en la entrada
de cada uno de los pueblos del concejo que no tenían y siguen sin tenerlo? ¡Con
lo bien que parece llegar a un sitio y toparte con el letrero donde se recoge
su nombre!
Quien caleye por los pueblos del
concejo de vez en cuando supongo que compartirá esta reflexión. Quien no
supongo que se le habrá hecho pesado el leerme.
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